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Luna Llena

martes, 15 de mayo de 2018

Extracciones, máquinas y otros defectos...


El médico me prescribió una analítica y ayer decidí hacérmelas, los lunes son malos, por aquello de los excesos del fin de semana... 
Ni Hércules hubiera alcanzado la empresa con éxito, peripecias varias y sobre todo condición humana. 
La clínica es privada y ha cambiado desde hace un año el sistema de atención al paciente... Pues bien, cuando entras, ya entras en el bucle del laberinto. Antes de presionar una maquinita que te escupe un número con unas letras, según tu prueba, a saber: AA, análisis de Asisa... AR (no Ana Rosa) análisis de resto de compañías... el resto lo deduje por sentido común o no: CI, citología... RM, resonancia... RR, radiografía... y el EI, ecografía... le pregunto a una de las amables señoritas (ironía) que están en el mostrador... me espeta:
- Coja número y espere en la salita que tiene allí (me señala con el dedo índice) a que salga su número completo en pantalla... 
- Claro, el número completo, claro... 
Tenía el AR0033 e iba por el AR0012, creí morir, entre los ruidos de mis entrañas... 
Entre tanto, la gente se agolpa entorno a la máquina expendedora de números como si de un sacerdote o gurú se tratara. 
- Señores muévanse a la salita... 
La salita o pseudosalita es un espacio con sillas en hileras al lado de la máquina mágica... 
Estupefacto, mis labios susurran: “vaya mierda” (a lo Amaia).
Por fin me toca el turno como de una lotería se tratará, he de confesar que el rollo turnomatick crea en mi un nerviosismo patológico como señor de 70, mis piernas se mueven sin orden ni concierto, mis manos sudan, vamos un sinvivir... 
- AR0033!!!! 
- yo! 
- A qué espera? 
Mi cara se tornó blanquecina y violácea a partes iguales, ahogando el alma en un jarrón con flores de plástico.
Exhausto, me pide los datos, se confunde en el DNI... Se lo repito tres veces y cuatro la letra. 
- todo esto es muy fuerte... 
- el qué? 
- el sistema este, le digo mientras arrugo con dos dedos el número mágico... 
- Nooooooooo!!!.- me grita.- 
Me dio un vuelco en el corazón, y pensé, al final llamamos al Samur porque saldremos movidos en la foto... 
- Ese número le sirve para la próxima pantalla... para la extracción... 
- ah, que hay otra pantalla... 
Muerto como un muñequito de videojuego sin vida me aproximo a la sala de extracción. Espera. Me quedan unos tantos... y yo sin oxígeno porque la espera estaba condensada con millones de personas. 
Veo llegar a un señor mayor con un sombrero elegante, portaba una carpeta y en la otra mano una bolsa diminuta que contenía el bote de su orina... 
Yo sentado leyendo, veía como la bolsita se balanceaba delante de mi cara...
Terror! A ver si el tipo me hace una lluvia dorada sin yo quererlo... 
bolsita en vaivén y el botecito centrifugado... 
me levanto, horrorizado y veo en la pantalla mi número, entro en la sala, una tipa, de espaldas, con voz ronca me llama por mi nombre:
- Siéntese y eche la espalda para atrás, descubra el brazo y apriete el puño.
Se gira y tantea las venas de mi brazo derecho, yo todo preparado, me dice:
- Qué manía tenéis los hombres con apretar con tanta fuerza el puño.
- Sí, bueno...
- Sí, bueno el qué...
- Nada. Qué es absurdo todo. 
- Este brazo no me gusta, te han pedido muchas cosas y quiero una vena en condiciones.
- Pues tengo dos, elija el que quiera... No puedo quitarme el derecho viene conmigo desde hace 42 años y le tengo cariño.
- Me gusta más el izquierdo, ¿Me dejas este?
- Ya le he dicho que escoja el que quiera, estoy en su manos, y no discutiría con una mujer que porta una aguja tan grande.
Se ríe, al fin la tipa se relaja más que yo. Conquistada.
Mientras me saca cinco tubos, miro a mi alrededor y veo botecitos que contienen muestras dispares que mejor no voy a describir por aquello del buen gusto. 
- Ya acabo, eh?.- Me susurra. 
Nunca he sentido nervios por un pinchazo, tampoco por ir a consultas de médicos. Lo que me pone a vivir es la condición humana, la mala educación, y la tipa que extrae las muestras es una señora insensible y con un punto de carencia de educación y llena de soberbia. 
- Miguel Ángel, has traído la orina? 
- Claro...
- Dame el bote sin bolsa y ponlo en la bandeja, la próxima vez no lo llenes tanto.
En ese momento, me sentí humillado. No hay nada peor para el ser humano que dar muestras de este tipo, al menos para mí, nunca me ha gustado, me parece como algo indigno y si encima la tipa te recrimina que has llenado mucho el bote, ya es hundirme en la miseria. 
- Apriete 5 minutos fuerte en el brazo, es clave.
Lo último que me faltaba es caerme redondo a sus pies, ya sería de melodrama, o que empezara a sangrar por la abertura de mi brazo. 
- Adiós, muchas gracias.
- Por cierto, hueles muy bien. Qué perfume es?
Me río y le digo:
- Secreto de sumario. Buenos días.
Salí de la sala de extracción, altivo, digno, como si no me hubieran hecho nada.
Má. 




lunes, 14 de mayo de 2018

entre mi mundo y tu mundo

Mientras escucho la música que te gustaba en esta madrugada fría en la que te fuiste, suena entre mis labios un "te quiero", incluso mi alma reclama el suave bamboleo de tu melodía, y no estás... Hoy son once años, ya y el sonido de tu voz al llamarme se fusiona con la nostalgia de los pensamientos que acaparan cada día, porque no hay día o momento que no me acuerde de ti. Te extraño tanto que mis ojos se humedecen y mi piel se resiente en ese pensamiento puro. Pero no estás. 
Recuerdo cada instante, tu cuerpo dormido, las caricias las sentía como un témpano de hielo y los besos eran algo tan cercano que parecían perdidos en la lejanía. No sé cómo me encuentro tan vacío, por el querer como te quiero y mi amor no desfallece... 
Ese cielo, tu cielo se abrió y las nubes hicieron un entrañable pasillo, uniéndote a su espacio infinito con tu espíritu hallándose sumergido en este universo, mi universo. 
Me aferraba a tu mano, a esa inmensidad injusta que venía, cuyos pasos te dirigían a un paraíso escondido, y mi miedo apresuraba a apoderarse de mi ser. ¿Cómo es posible? me dejé vencer ante lo desconocido y estremecí. Lloré. 
Me invade tus melodías de cada canción, mis recuerdos de la infancia, en cada letra, tu sonrisa. Ahora sé que estás sentada frente a la ventana que te conecta a mi mundo, me observas y me cuidas, pero cada recuerdo, cada sueño te busca. Duele. 
Esa soledad es la ausencia de tu presencia porque cada mayo me cuesta revivir los miedos, esos miedos que permanecen en la parte de atrás de la conciencia, al límite con los sentimientos que, además, se agravan con la edad; en la despedida, desde entonces, te echo tanto de menos que a veces noto que me apago poco a poco. Un vacío, un hueco que no hallo en ti, madre, y que en momentos araña estas entrañas mías.
Once malditos años, ese dolor que muerde la ausencia de mi vida frente a la tuya, mordiscos de dolor interno. A veces me culpo, cuando revivo esas 24 horas en las que me aferraba a tu cama y susurraba desde tu libertad, descansa madre. Esa culpa pesa, por dejarte ir, y esa marcha en mi interior me hizo enloquecer y se abre en mi interior una herida en carne viva que gana camino a esa locura que forma el delirio entre suspiros, descontentos y consuelos.
Sé que el tiempo me ayudará y no te gustaría verme triste. Sin temor, lanzaré esos besos al aire para que revoloteando te busquen y estallen entre tus nubes. 
Volveré a ser ese pasajero perenne de este viaje circular, un bucle de la tristeza y no creo que pueda superar la vida sin ti. 
Me agazapo en mis palabras, comprendiendo por un momento que lo importante, cuando me encuentro solo, es asomarme a tus recuerdos, tus consejos, tus reproches, tus enfados y dejar que el tiempo se detenga en este amor que te profeso. 
Fuiste tanto para mi, que es imposible dejar de pensar cada segundo de mi existencia, por una imagen, un sonido, un olor, cualquier momento me deriva a ti. Han pasado ya once  y no he dejado de pensar en los sueños que me contabas, pero ya he perdido la inocencia que nació conmigo, daría lo que fuera porque en tan solo un segundo entender a qué lugar le llamas cielo: mi cielo congelado en ese segundo. Tu despedida. 
Si pudiera abrazarte sentirías cuánto te echo de menos, 
Si en tan solo un segundo tuviera un instante de ti, te diría lo que no te dije a los ojos: Te quiero.
en tan solo un segundo pudiera rozar tus labios... y comerte a besos.
Solo en ese segundo escaparía para ocupar el hueco de tu abrazo...
El principio y el fin de esa eternidad que abrasa mi alma, aunque reviva cada segundo vivido contigo, para tan solo volver a vivir.
Vivir en tan solo un segundo, abrir ese momento a ti, contarte todas las cosas que me hacen sentir... 
Ese segundo lo alcanzo a diario con la imaginación y siento mi alma escapar a tu lado. En ese segundo soy feliz y aprendo a vivir mi vida sin ti. Un día más, un año más y por tan solo un segundo, me hace feliz, verte a mi lado, madre.
Te extraño tanto, tanto como mi amor. 

Te quiero madre, siempre...
Má.

domingo, 14 de mayo de 2017

SomoS



Son diez, diez años de ausencia, diez años sin oír de tus labios Migué, diez años en los que la palabra mamá duele, un dolor intenso por dentro, de entrañas rotas... En la que dejas huérfano mi abrazo, un hueco estrecho y profundo. 
Quizá es el año más duro, madre, para echarte más de menos porque no estás... No estás para ser testigo de mis logros, de unirme para siempre con mi compañero de vida, pero no estás y me mata. 
Me consuela que desde allí, seguro que esbozarás una sonrisa verme vestir de domingo, y aplaudirás cada éxito alcanzado. 
Me encantaría dar esos paseos a la caída de la tarde, ser tu confidente, agarrarte de la mano y pintar el mundo como solíamos hacer... pero no estás. 
Si tú no estás, ya no hay luz en mí... Si tú no estás, no sé como desatar el nudo anclado en mi garganta para poder susurrar a tu oído un te quiero
Madrugadas que lastiman porque se me olvida respirar, pero me consuela que tú, mi estrella, quedas suspendida en el aire... ese aire que me falta, esa brisa provocada por una risa a mandíbula abierta. 
Mi corazón tiene hambre de ti, aunque sienta el invierno constante porque desde que no estás el sol no pasa dentro. 
Me olvidé también de soñar, madre, aunque son diez años, el corsé de la tristeza aparece en cada momento, asfixiando cada segundo de mi existencia y con ganas de volver a verte por tan solo un segundo y respirar profundo. 
Parar el tiempo y decirte todo lo que no te dije, hacerte todo lo que no te hice, o simplemente borrar nuestros malentendidos... 
Miedo tengo a que esa nebulosa se convierta en un velo tupido y oscuro que al cerrar mis ojos no me deje imaginarte. Son diez, condenados diez, sin sentir tu calor... diez malditos eternos.
Tengo en mi cabeza, cada momento de esas temidas 24 horas, en las que me aferraba a tu mano... Dormías y te contemplaba ensimismado; preguntándome una razón pero solo hallé como respuestas, unas lágrimas errantes, visibles y vivas... 
Es verdad que dicen que cuando alguien importante se marcha, algo en tu interior se apaga y en el alma se abre una grieta marchita que gana camino a esa locura que forma la espiral del delirio perenne de esos suspiros, haciéndote vivir descontento, ajeno al desaliento. 
Fuiste tanto para mi, que es imposible dejar de pensar cada segundo de mi existencia, por una imagen, un sonido, un olor, cualquier momento me deriva a ti.
Ese segundo lo alcanzo a diario con la imaginación y siento mi alma escapar a tu lado. En ese segundo soy feliz y aprendo a vivir mi vida sin ti. Un día más, un año más y por tan solo un segundo, me hace feliz, verte a mi lado, madre.
Te extraño tanto. 
Te recuerdo y renacen tus abrazos y palabras de aliento, por eso, no entiendo por qué amando tanto, puedo estar tan vacío. 
Somos, como reza tu canción preferida, dos hojas que el viento juntó en el otoño... y qué importa la vida con esta separación... 
Como el calor de los rayos del sol, bailar desnudo en el agua salada, como el sabor a helado de turrón, como el olor a flores frescas, como un paseo por tu eterna Granada... así estaba con tu amor, madre... 
Nuestro amor es tan grande como el universo... porque en este corazón me sobra sentimiento... y vivo y muero por darte amor...
Si pudiera subiría cada día a darte un beso y fundirnos en la inmensidad del firmamento. 
A qué lugar le podemos llamar cielo... 
Eres el centro de mi vida, madre. 

Má.

martes, 14 de febrero de 2017

porque te quiero...



Entraste en mi vida, precediendo de una noche al día donde la luz y las miradas confluyen en un mismo color, donde el aire se refina con la madrugada, como la primavera en el hueco dejado por el invierno y la brisa boreal generada por la risa contenida por una mueca a tiempo.
Porque te quiero en palabras, en hechos y en miradas. 
Porque fui persiguiendo estrellas y me cogiste la luna; eres mi vivo interés. 
Porque haces sacar en mi escaparate lo mejor de mi, ocultando sin pena ni gloria mis defectos.
Porque evitas reconocer los pecados capitales.
Porque ejerces de protector ante el acecho de la locura.
Porque consigues que no caiga y pueda levantar mi triste corazón, inesperadamente. 
Porque te quiero no volver a ver triste... Porque te quiero y punto.
Porque me coges de la mano cada vez que me siento solo. 
Porque me regalas vida con tu voz.
Porque te quiero por que vienes a mi, sin arrepentimientos, sentirás.
Porque eres de corazón, de caricia bien, de beso furtivo, de vida vivida.
Porque atravesaste en mi.
Porque te quiero en gracia y en locura.
Porque mi amor nace como la noche de inagotable ausencia, de vacíos espacios, de perpetuo y giratorio sentimiento sobre el rastro lunar del que más ama... y en tus ojos me confirmo y tiento cuanto amo... ¿Me oyes, amor?

sábado, 16 de julio de 2016

primer día



Perfecto distingo lo negro del blanco. Nervios. Sentimientos encontrados; por un lado la nostalgia de encontrar una sonrisa y una palabra amiga, por otro sentir la soledad del nuevo. Era yo el nuevo en un edificio de cristales reflectados por un inmenso sol, el acero acondicionaba la majestuosidad del centro. No podía pensar en los treinta y cinco minutos de viaje, ni leer... me sentía pequeñito.
Seguridad. Visita, en mi credencial. 
Me pareció imposible que yo fuera capaz de subir, de escalar hasta arriba. Firma. Enhorabuenas. Etapa cerrada. 
Recordaré, los buenos momentos del leal de Pablo Neruda, de lo que construí y de lo significa, en un momento, trece años... de estos, solo tú, amiga mía, adorarte fue para mi obsesión, pero pronto estaremos juntos de nuevo...
Planta Tercera. Al cruzar el umbral de la puerta miles de pensamientos se arremolinaban en mi mente: "y si no sé hacerlo", "y si me equivoco", "Me da miedo qué pensarán"... 
Cercanía. Sin coartada, me brindan una bienvenida. Besos sinceros, apretón de manos directos, besos de soslayo, besos interrumpidos... Intentaba hacerme un hueco entre carpetas de cartón, grapas, y varios clips desordenados como mi presencia. 
Palabras tranquilizadoras. Descubriendo. Agobios. Estaba ahí, sin poder creerlo. 
Perdí mi fe en mí, dejándola marchar. No comprendía nada y me perdía en el tiempo, sin descuido. Ganas de aprender. 
Y entre esta multitud de sentimientos, el hombre que yo amo... que sin él sería imposible enfrentarme a los nuevos retos. Creer. 
Calcé unas botas de agua para saltar los charcos, felicitaciones por encontrarme allí, mano tendida y derroche de energía. 
A cada paso que daba con sumo cuidado. Mujeres que hablan. Mujeres que entablan mecanismos de falacias. Espacio grande, yo pequeño. Crecía.
El viernes resultó ser una prueba de contacto, retomé mi camino y me di cuenta que sí, que estaba bien... Atravesé mi memoria y "reseteé" sintiéndome aun mejor. 
Allí dejé el edificio que me acogerá a partir de ahora... Paisajes urbanos quedan cerrados en mi retina, mis pies cansados avanzan, cuando al fin entendí, dejé de tener miedo.

Silencio.

sábado, 14 de mayo de 2016

Credo (un 14 de mayo)

Cada mayo me cuesta revivir los antiguos miedos, esos que permanecen en la parte de atrás de la conciencia, colindando con los sentimientos y que se agravan con la edad; el haber perdido una despedida por la que, desde entonces, ando malherido y sin poder mover los pies del suelo, me pierdo en este echarte de menos, apagándome poco a poco. Es duro sentirse hueco, es duro buscarte y no hallarte... Esa fisonomía vacía que protagonizas tú, madre, y que en algunos momentos araña mi alma, oxidando estas entrañas mías. 
Derrumbado en estos malditos ocho años, analizando los porqués, esas conjeturas y pensamientos se vuelven dolor, un dolor que muerde la ausencia de tu vida frente a la mía. 
Dame ese amor al que me acostumbrabas y líbrame de esta condena, poder cerrar los ojos y alcanzar ese instante nuestro frente a un mundo que se inclina. 
Mis días son tuyos. Mi soledad, mía. Ansioso de poder fundirme en tus brazos, y embriagarme con la estúpida primavera de esos claveles rojos de tu piel... 
Son ocho y pesan como quintales de pena viva que en cada segundo mezclan esos recuerdos y esos sueños anclados en mi mundo interior como el vagabundo que da tumbos y sin aliento, y cree en la esperanza de que mis labios inunden de besos tu amanecer. 
Retengo cada momento de esas angustiosas 24 horas, en las que me aferraba a tu cama y susurraba desde tu libertad, descansa madre.
Es verdad que dicen que cuando alguien importante se marcha, algo en tu interior enloquece y en el alma se abre una grieta en carne viva que gana camino a esa locura que forma la espiral del delirio perenne de suspiros, pasos errantes, viviendo un descontento, ajeno al desaliento.
Gratitud es lo que llevo en mi maleta como motor de  esa cordura y sensatez que me inculcaste, sin temor,  sé que el tiempo me ayudará a volar.   
Seré lo que soñaste que fuera, y gritaré, en el vacío de mi desnudez, que te debo la vida.  
Lanzaré esos besos al aire para que revoloteando busquen tu cara y estallen entre tus nubes. 
Yo seré un pasajero más de este viaje circular, ¿dónde está el sueño? Me entristece no saber si ese hilo, entre lo que digo y callo, es el gran intervalo de mis miedos. 
Superaré la incertidumbre de vivir la vida sin ti. 
Te quiero madre... 
Siempre... Má.

domingo, 8 de mayo de 2016

Hoy igual que ayer...

Quería apartar lo que ya pasó, sin reconocer que ninguno fuimos buenos... borrando los recuerdos, demolerlos, sufriendo, porque pensamos que no teníamos remedio. Volver. La cuenta se perdió. Los hechos se disiparon con los errores que yo mismo cometí. Se hizo el silencio. Un silencio que quedaba. Perduraba ese silencio por ocho años. Perdimos los dos. Estupidez, desconsuelo y fragilidad a partes iguales. 
Morimos en la espera. 
No comprendía nada, ni los días que pasaba sin saber de ti. Me perdí en el tiempo que sucedía sin esbozar o trazar un perdón por mi descuido, y que entrara el aire, dejando que la rutina fuera una de nuestras circunstancias. 

Tan lejos, tan cerca, siempre permanecías como las flores abiertas en primavera, despertando la cordura y el olvido de esa perspectiva. 
Sabía que el receso terminaría, y la amistad volvería a florecer...
Tú me buscabas en cada acorde en la inmensidad de nuestro sonido y yo nervioso evitaba verte porque tenía ganas de volver a quererte, ese quiero querer producía un te quiero tanto

Al recibir tu respuesta, estremecí y un ligero miedo alteró el precipicio del sentimiento. Pero quería volver a estrecharte en mis brazos, y regalarte, como siempre, el hueco de mi abrazo. Profundizar en las cosas perdidas, dejarnos caer abriendo las puertas que dejamos cerrar. Tus manos en mis ojos, bucear entre tus lágrimas, o correr entre tu risa... Eso quería. Por fin, volvimos a creer en nosotros. Alimentándonos como animales hambrientos. 

La lluvia purificó y nos ha hecho simplemente sentir. La búsqueda humedeció nuestro corazón que vuelve a latir al mismo son, porque somos instantes. 
Ya no me quedaré sentado viendo como todo recuerdo se pierde, ahora viviremos juntos nuestros sueños. 
Seguro que ninguno de los dos pensamos ni por un momento, que jamás nos volveríamos a ver. 
Ahora nos queda mucho por descubrir, por hilvanar y recordar los jovenzuelos universitarios que fuimos. No dejemos nunca más esas palabras en vilo, ni la inquietud cerrada. Evolucionamos hacía un deseo mejor: cambiar lo que perdimos, por lo que ahora hemos ganado. Hoy igual que ayer:
Te quiero,
Má.