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Luna Llena

domingo, 14 de mayo de 2017

SomoS



Son diez, diez años de ausencia, diez años sin oír de tus labios Migué, diez años en los que la palabra mamá duele, un dolor intenso por dentro, de entrañas rotas... En la que dejas huérfano mi abrazo, un hueco estrecho y profundo. 
Quizá es el año más duro, madre, para echarte más de menos porque no estás... No estás para ser testigo de mis logros, de unirme para siempre con mi compañero de vida, pero no estás y me mata. 
Me consuela que desde allí, seguro que esbozarás una sonrisa verme vestir de domingo, y aplaudirás cada éxito alcanzado. 
Me encantaría dar esos paseos a la caída de la tarde, ser tu confidente, agarrarte de la mano y pintar el mundo como solíamos hacer... pero no estás. 
Si tú no estás, ya no hay luz en mí... Si tú no estás, no sé como desatar el nudo anclado en mi garganta para poder susurrar a tu oído un te quiero
Madrugadas que lastiman porque se me olvida respirar, pero me consuela que tú, mi estrella, quedas suspendida en el aire... ese aire que me falta, esa brisa provocada por una risa a mandíbula abierta. 
Mi corazón tiene hambre de ti, aunque sienta el invierno constante porque desde que no estás el sol no pasa dentro. 
Me olvidé también de soñar, madre, aunque son diez años, el corsé de la tristeza aparece en cada momento, asfixiando cada segundo de mi existencia y con ganas de volver a verte por tan solo un segundo y respirar profundo. 
Parar el tiempo y decirte todo lo que no te dije, hacerte todo lo que no te hice, o simplemente borrar nuestros malentendidos... 
Miedo tengo a que esa nebulosa se convierta en un velo tupido y oscuro que al cerrar mis ojos no me deje imaginarte. Son diez, condenados diez, sin sentir tu calor... diez malditos eternos.
Tengo en mi cabeza, cada momento de esas temidas 24 horas, en las que me aferraba a tu mano... Dormías y te contemplaba ensimismado; preguntándome una razón pero solo hallé como respuestas, unas lágrimas errantes, visibles y vivas... 
Es verdad que dicen que cuando alguien importante se marcha, algo en tu interior se apaga y en el alma se abre una grieta marchita que gana camino a esa locura que forma la espiral del delirio perenne de esos suspiros, haciéndote vivir descontento, ajeno al desaliento. 
Fuiste tanto para mi, que es imposible dejar de pensar cada segundo de mi existencia, por una imagen, un sonido, un olor, cualquier momento me deriva a ti.
Ese segundo lo alcanzo a diario con la imaginación y siento mi alma escapar a tu lado. En ese segundo soy feliz y aprendo a vivir mi vida sin ti. Un día más, un año más y por tan solo un segundo, me hace feliz, verte a mi lado, madre.
Te extraño tanto. 
Te recuerdo y renacen tus abrazos y palabras de aliento, por eso, no entiendo por qué amando tanto, puedo estar tan vacío. 
Somos, como reza tu canción preferida, dos hojas que el viento juntó en el otoño... y qué importa la vida con esta separación... 
Como el calor de los rayos del sol, bailar desnudo en el agua salada, como el sabor a helado de turrón, como el olor a flores frescas, como un paseo por tu eterna Granada... así estaba con tu amor, madre... 
Nuestro amor es tan grande como el universo... porque en este corazón me sobra sentimiento... y vivo y muero por darte amor...
Si pudiera subiría cada día a darte un beso y fundirnos en la inmensidad del firmamento. 
A qué lugar le podemos llamar cielo... 
Eres el centro de mi vida, madre. 

Má.

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